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El nacimiento de una historia: Páginas del diario de un guionista que viajó a Roma y conoció a Nanni Moretti. Artículo de Javier Bosh Azcona.

1 de octubre

Es el camino que se suele recorrer. Tras varios documentales y algunos cortometrajes viene el primer largo. Ese largo hace que te tiemblen las piernas y te procura más de una noche de insomnio. Ese largo probablemente quedará en el fondo de un cajón formando parte de los sueños imposibles del enclenque y colonizado cine nacional. Ese largo del que hoy acaricio la primera página en blanco.

Así es este oficio. Cuando yo era muy joven y hacía volar la cometa en las playas levantinas mi padre me lo decía: "Hijo mío, tú tienes que ser perito mercantil". Pero yo no le hice caso, "Papá yo quiero escribir películas sobre los toros". Así que el guionista en ciernes descubre el sentido de su papel: interpreta a la chica tonta de la película que goza del autoempleo más viejo del mundo. Si, además, no escribe lacónicas historias sobre las desventuras sexuales de treintañeras consumidoras de diazepan o sobre los éxtasis místicos de psicópatas literatos el futuro se presenta crudo, o poco hecho. "Hijo mío si no quieres ser perito mercantil por lo menos estudia para astrólogo o quiromántico que son profesiones con mucho futuro".

Yo no hice caso a mi padre. Mi padre, con el tiempo, se conformó. Y con el tiempo llegó una carta a casa firmada por un ministerio, "Es usted poseedor de una beca de cinematografía en el exterior".


Restos de un decorado en Cinecittà

Mi padre me hizo caso y yo a él no (aunque sólo por temor a l abismo en que suele precipitarse mi cuenta corriente, hubiera debido invertir esta relación de poder, dicho sea en el sentido estrictamente direccional), por eso estoy en Via Tuscolana, frente a una puerta coronada por nueve letras que se me antojan nueve bailarinas luminosas que evolucionan sobre el firmamento de la historia del cine y, en graciosa disposición, componen una palabra sagrada: Cinecittà.

En silencio, le pido disculpas al portero por esta suerte de poetizaciones y, después de esgrimir la necesaria acreditación, doy mis primeros pasos en el interior de la Arcadia fílmica. Ante mí comienza un maravilloso desfile, pertenece al recuerdo de un país que una vez inventó imágenes inolvidables para sentirse un poco más feliz: Luchino Visconti, Anna Magnani, Vittorio De Sica, Cesare Zavattini, Tonino delli colli, Silvana Mangano, Alberto Lattuada, Alberto Sordi...Federico Fellini, Gulieta Masina, Michelangelo Antonioni, Marcello Mastroianni, Sophia Loren, Pier Paolo Pasolini, Monica Vitti, Carlo Ponti, Virna Lisi, Vittorio Gassman, Claudia Cardinale, Tazio Sechiarolli...Sergio Leone, Bernardo Bertolucci, Dante Ferreti, Vittorio Storaro, Massimo Troisi... un millar de seres ahora recorren los decorados abandonados Cinecittà, algo tristes por una industria que tal vez también sea enclenque y esté colonizada. Totò juega al escondite en el taller de esculturas, corretea por el cinefónico y me invita a entrar en el mítico estudio cinco. Como un cuento de hadas. Como un milagro en blanco y negro.

24 de diciembre

Hace un mes encontré una historia. No había podido dormir, casi siempre es un aviso. Di una vuelta por Trastevere, tomé una cerveza en la plaza de Campo di Fiori y caminé hasta el Pantheon, mi lugar de peregrinación.

Cuando yo era muy joven y un vendaval me arrebató la cometa vino mi padre y me dijo "Hijo mío ven a ver una película en la televisión, que el que hoy ve la televisión mañana podrá escribir concursos". Mi Padre sabía que aquella película no versaba sobre la controvertida fiesta nacional y seguramente me la aconsejó pensando en que podría ampliar mi horizonte cultural y temático. Me contó que estaba rodada en una ciudad que se llamaba Roma, ciudad que yo conocía fundamentalmente por otra película que se llamaba Ben-Hur. Aunque Ben-Hur no se desarrollaba en la misma Roma todo lo que salía, incluida la población colonizada, era muy romano. Gracias a Ben-Hur comprendí que lo que yo llamaba mundo también era romano.

Pero hace un mes, frente al Pantheon me di cuenta de que sólo recordaba dos escenas de la obra que amplió mi horizonte cultural y temático, que me llevó de las plazas de toros al circo romano: Audrey Hepburn, la actriz de origen belga, hacía turismo en la parte trasera de una Vespa conducida por un actor probablemente americano. Audrey Hepburn metía su mano en la Bocca de la Verità.


Cinecittà

Inmediatamente me dirigí con mi enclenque y colonizado subconsciente a la Bocca. No introduje mi mano.

Al día siguiente volví a Cinecittà. En el Instituto Luce, el mayor archivo cinematográfico de Italia, empecé a ver imágenes documentales de los años cincuenta. Habían pasado siete horas cuando salté loco de alegría. Audrey Hepburn bajaba de un avión, un montón de periodistas la esperaban. En el Cinegiornale (el Nodo cinematográfico de la época) Gregory Peck llegaba a la estación de Termini, cenaba en una pizzería y asistía a un combate de boxeo. Mi historia comenzaría así: Audrey y Gregory se conocen en un rodaje, en una de las ciudades más bellas de Europa.

"Vacaciones en Roma", de Willian Wyler, me había gustado mucho cuando yo era muy joven. Era una película limpia, divertida y nostálgica sobre las relaciones humanas. Una película de las que ahora se ruedan poquísimas. Y yo sabía lo que ocurrió entre Audrey y Gregory en aquella Roma que quería recobrar la alegría, durante aquellos días en que los italianos empezaron a olvidar la guerra.

23 de enero

La regla de oro del cine es no aburrir jamás. Cuando se escribe un guión se trabaja con el tiempo como aliado, tienes ochenta minutos para contar una historia y ésta siempre corre hacia delante. Si el espectador se pregunta ¿Qué ha ocurrido? o ¿Quién es este personaje?, has perdido la batalla. Ha pagado una entrada y exige ser conmovido. La historia debe ser original y tener éxito.

Cuando ya has decidido qué vas a contar, cuando has escrito las primeras treinta páginas, inicias tu investigación. No es lo mismo construir una comedia que se llame "Amor para tres en un ultramarinos de Vallecas" que esa de "Shakespeare encuentra chica pero la realidad no es lo que parece".

Cuando has escrito sesenta páginas todo empieza a fallar: algunos personajes se niegan a vivir, otros desean cambiar de sexo, hay un vendedor de periódicos que se ha colado en la segunda secuencia y no sabes como echarle de la habitación en la que se cometerá el crimen. Se empeñan en seguir una lógica inexorable: los pobres quieren ser ricos y los ricos andan preocupados por la pérdida de su posición. Ellos si que saben de arcos narrativos. Es el momento de dejar que la historia descanse un fin de semana. Las historias si que saben de derechos laborales.

Salgo de mi estudio e inicio el recorrido Trastevere, Campo de Fiori, Pantheon. Frente a este glorioso monumento se me ocurre que hay algo tremendamente celebre en Roma que todavía, privilegio de ser extranjero, no he visto ni sufrido: su burocracia.

En San Giovanni entro en una oficina del Comune. Me acerco a la primera ventanilla. Le digo al funcionario de turno que deseo regularizar mi situación en el país. Amablemente, me indica que me siente y espere al compañero encargado de resolver este tipo de problemas. Han pasado dos horas, puedo esperar otras tantas sin que nadie haga nada o me pregunte qué aguardo. Sin embargo, he llegado a la feliz conclusión de que lo maravilloso de Roma es la diversidad de situaciones y personajes casi inverosímiles condenados a encontrarse, entenderse y convivir. Su inmenso caudal de imágenes absolutamente emblemáticas. Contemplar a esos grises funcionarios que pasean por largos pasillos de corte racionalista escurriendo el bulto o discutiendo, siempre alegres y civilizados, con sus conciudadanos que sin esperanza y con mejor humor (el romano es estoico por naturaleza y cínico por educación) ruegan una solución administrativa constituye un espectáculo de primer orden. Es la comedia corrosiva e inteligente que llamamos "a la italiana".

Me hallo perdido en este tipo divagaciones cuando una señora, que también espera, me pregunta con el característico acento romanesco de dónde soy y a qué me dedico. Intento explicarle. Ella me cuenta que conoce a Nanni Moretti personalmente. Todos los días desayunan en el mismo café. Le digo que he visto "Caro Diario" y que a mí también me gustaría conocerle. Me indica la hora y el lugar donde puedo encontrarle. Justo momento en el que recibo la llamada del esperado funcionario, parece dispuesto a indicarme otra hora y otro lugar.

23 de Febrero

El bar Gianícolo, situado junto a la puerta de San Pancracio, es uno de esos locales con solera que todavía se pueden encontrar en algunas ciudades. Viejas fotografías en las paredes, estupendo café, un insólito silencio y la discreción como norma de la casa. Mi informadora de la oficina del Comune me indicó que la presa, mejorando lo presente, estaba al final de la barra.

Como un héroe del Western que hubiera dejado su motorino a la puerta, el Sr. Moretti se disponía a emprenderla con un capuchino (según los romanos de pura cepa el capuchino se debe tomar antes del mediodía) y su correspondiente corneto. Me acerqué y le presenté mis credenciales. El autor de una de las películas europeas más inteligentes de la última década era un hombre amable y locuaz, parecía que no le importaba intercambiar tiempo por conversación. Cuando hablaba del cine le brillaban los ojos. Cuando hablaba del neorrealismo o de la comedia. De Monicelli, de Risi, de Zurlini, de Scola. Del cine americano de los primeros años cincuenta. Señaló una de las claves de la película de Wyler.

- Hay un escena emocionante en "Vacanze Romane". Es cuando Audrey Hepburn, que interpreta a una princesa de la aristocracia descontenta con su aburrida vida, se escapa del palacio Brancaccio. Cuando decide ver las cosas con sus propios ojos. Imagínate el contacto de la misma Hepburn con el pueblo de Roma.

Entusiasmado, como un alumno al que se le reconocen méritos, casi rompiendo la callada atmósfera del café, alegué.

-  De hecho, es evidente que Wyler, director Hollywoodiense, no pudo evitar verse contagiado por el ambiente. Esa escena es casi una declaración de principios.

-  Si. Además eligió a una actriz adorable que todavía era desconocida para el gran público y no se equivocó. Ella iba a ser una gran estrella. Al verla ya se podía advertir ese halo de bondad que la acompañó el resto de su vida.

El camarero sirvió otro café y, en ese momento, confirmó la sospecha que ya había empezado a lastrar nuestras fervorosas reflexiones.

-  Paolo, te han vuelto a confundir con Moretti.

La verdad es que Paolo Scarnati, cinefilo, buen conversador y aficionado a pasear en Vespa, no tenía porqué disculparse.

-  Me ocurre muchas veces. La gente dice que el parecido es asombroso. A mí me divierte. Como me gusta mucho el cine me viene bien, de hecho he pensado escribir un libro de conversaciones con Nanni. Al fin y al cabo, el cine es un espejo. Por cierto, Wyler volvió años después a Roma para dirigir Ben-Hur.

Entendí porque tanta gente en Roma conoce personalmente a Nanni Moretti.

14 de Abril

Recibí la visita de un crítico de cine de aspecto joven. Iñaki Gómez, admirador de Jhon Carpenter y David Lynch, capaz de fumarse tres cajetillas de cigarrillos en una hora y postmoderno vocacional. Digo de aspecto joven porque Iñaki es un poco cincuentón, uno de esos con mirada de niño.

-  Ya va siendo hora de que termine mi tesis doctoral sobre la imagen de la antigua Roma en los Peplum. Aquí hay un profesor llamado Spagnoleti que ha aceptado dirigirla. Habría preferido que fuera Mario Verdone. De todas formas, va a ser la bomba.

Intercambiamos impresiones. Le hablé de mi historia y de lo exhaustivo que había sido en la investigación preliminar.

-  Algo -añadí orgullosamente- que no se suele hacer en todos los casos.

-  Seguro, esa profesionalidad te viene de tus dos apellidos.

La adulación es una técnica infalible, complementada con una actitud comprensiva hacia el carácter endogámico de la empresa cinematográfica. Además el tipo era incansable y yo tengo una tendencia suicida a las buenas obras. Me pidió que le acompañara a Cinecittà, tenía que escribir un artículo. Yo accedí con media sonrisa.

-  Si me haces las fotos pongo tu nombre cuando lo publique.

Al día siguiente, en el metro, Iñaki no podía ocultar un leve nerviosismo y emoción contenida. Me desveló una de las tretas que había urdido para triunfar en su empresa.

-  Es el cuño del departamento. Una hoja en blanco, un cambio de clases, un despacho abierto, un espíritu temerario como el mío y... ¡Zas!. Convertido en profesor. Así que en Italia y a efectos de llevar mi encomiable investigación a buen puerto soy el Egregio Professore Gómez. Va a ser la bomba.

Algo me decía que la aventura no iba a tener un final feliz. De momento la carta no tuvo el efecto deseado, ya que en Cinecittà nos esperaba el guía de los estudios junto a cincuenta indomables escolares. Nos habían incluido en una visita de colegio. Asistimos a la proyección del documental "Cinecittà Story" que, a juzgar por gritos y silbidos, no fue del gusto del respetable. Nos dieron una cocacola a cada uno.

Durante la excursión por los decorados conseguimos separamos del grupo con la excusa de comprar tabaco, bien del que Iñaki estaba absolutamente necesitado. Visitamos el taller de esculturas, el estudio cinco y el Instituto Luce.

Después no dirigimos a las oficinas, allí encontraríamos a Spagnoletti. Iñaki volvió a esgrimir su carta con cuño, los resultados fueron peores. La recepcionista nos dijo que allí nadie conocía al tal Spagnoletti. En todo caso ¿Para qué le buscábamos?. Evidentemente, el alumno profesor no pudo responder.

Entonces salió a nuestro encuentro el Sr. Fabio Mellineli, jefe de prensa de Cinecittà, invitándonos a pasar a su despacho.

-  Así, que ustedes son amigos de Spagnoletti. ¿Un crítico y un guionista eh?.

-  En efecto, - arguyó Iñaki- nos interesa mucho la historia de Cinecittà. Fue la Meca del cine europeo.

-  Otros que se han colado.

Sólo recuerdo que Mellineli pulsó un botón rojo. Una trampilla y la oscuridad se abrieron bajo nuestros asientos. Mi amigo y yo caíamos velozmente por una nudosa rampa de madera. Caíamos y los terribles golpes sólo eran amortiguados por nuestros propios gritos. Cuando, maltrechos, conseguimos recobrar nuestro natural equilibrio en aquel involuntario destino, un lóbrego sótano, hacía un frío de espanto. Se acercaba una antorcha. Estabamos aterrorizados. El portador del fuego resultó ser un pequeño fraile que enérgicamente nos ordenó que le acompañáramos. Al final, en una húmeda sala, nos recibió otro religioso que, por su hábito, parecía ser una autoridad eclesiástica de rango superior. Un cardenal o algo así.

-  Soy Alexis Kinotekoytila, restaurador jefe de la Filmoteca Vaticana. Están ustedes en nuestra sede secreta, en el subsuelo cuarto de la basílica de San Clemente. Les hemos traído porque estamos preparando un congreso sobre cine y espiritualidad y ustedes, con su cabezonería, nos molestan. Usted, periodistilla, es admirador de Jane Campion y usted ¡Hay que ver los guiones que usted escribe sin oficio ni beneficio sobre los toros!.

Nos defendimos con débiles argumentos de las acusaciones que Kinotekoytila nos lanzaba indiscriminadamente. Al final, mi amigo recuperó la dignidad perdida.

-  Yo pensaba, monseñor, que la fe es una gracia del cielo. Algo individual que no se puede forzar y que no pueden infundir en los hombres sus mismos hermanos, también pecadores. Como diría Andrei Tarkovski. Algunas películas son el reflejo de la sociedad que las produce, es decir, si son ofensivas es porque la mirada del público pone la ofensa.

Monseñor parecía reflexionar. Espero que la iglesia que, actualmente, goza de un talante conciliador no se tome la revancha con nosotros.

- Bueno. Es posible que ustedes sólo hayan cometido pecados cinematográficos veniales, pequeños. Por lo menos ninguno de ustedes es famoso. Pero los pequeños pecados también hay que pagarlos. Como penitencia restaurarán el documental sobre la misa de Navidad oficiada por Pio XII en 1943.

Ardua labor que nos ha llevado dos meses. Hasta hoy mismo. Día memorable en que libre ya de falta, y lejos de las aventuras de mi buen amigo Iñaki, vuelvo a escribir este diario.

7 de Mayo

Mañana parto de Roma. Llevo en mi maleta la primera versión de un guión, un montón de fotografías y de viejas películas neorrealistas, emociones y la certeza de haber vivido una la ciudad de obligado paso para cualquier artista.


Restos de un decorado en Cinecittà

Desde las terrazas de la Academia de España, el bellísimo lugar donde he estado alojado, contemplo un cielo de atardecer que dentro de algunos meses, cuando vuelva el invierno, se verá invadido por miles de estorninos en temerarias formaciones de vuelo.

En Trastevere se encienden las primeras luces, en breves horas sus callejuelas se contagiarán del bullicio ciudadano que busca horas de esparcimiento. La Chiesa de Santa María será testigo, una noche más, de juegos paganos y delirios de músico callejero. Pero cuando yo contemplo Trastevere recuerdo, sobre todo, a una persona que todavía no he mentado en este diario. A Roberto Rossellini. En este barrio rodó "Europa 51" con Ingrid Bergman.

Cuando yo había dejado de volar la cometa en las playas, mi padre me llevó a Madrid a ver "Viaggio in Italia". En el cine Doré se proyectaba un ciclo homenaje a la obra del genuino artífice del neorrealismo. Rosellini estaba presente. Mi padre y yo nos colamos. Durante la rueda de prensa, que duró una hora, no dejó de hacerle señas a Rossellini. Mi padre estaba orgulloso de enseñarme la capital de España, con el Prado, el Retiro y Rossellini. Cuando el acto finalizó nos acercamos al que ya era nuestro ídolo y, a juzgar por su sonrisa, también nuestro cómplice. Se esforzaba por hablarnos en Español.

-  Para realizar nuestros sueños hay que luchar, la lucha es necesaria siempre, es la misma condición de la vida. Sin lucha no hay vida. Después de muchos años me he dado cuenta de algo sumamente simple, algo que, seguramente, había sabido siempre: Me he dado cuenta de que con mi fe en el hombre no quiero demostrar nada, lo que quiero es mostrar.

Ahora que parto de Roma ya no pienso en qué estructura puede ser la más adecuada para mi película, qué elementos tendrán gancho con el público o cómo voy a convencer a un productor. Más bien se trata de contar historias claras y sencillas. Como las que filmó Rossellini o aquella de Wyler. Me parece que he aprendido algo. Aunque ya no recuerde dónde, cuándo, ni cómo.

Javier Bosch Azcona.

 
Última actualización: 12-ago-05 10:03
 
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